En la cooperación internacional abundan dos personajes igualmente molestos: el funcionario venido a más y el hippie. Son dos extremos que se encuentran tanto en los organismos internacionales como en las ONG y otras yerbas del pantano. El funcionario venido a más es aquel trabajador extranjero (o expatriado, según el anglicismo en boga) que habla de los grandes ideales de su organización (aliviar el hambre, acabar con la pobreza, etc) y al mismo tiempo exhibe un comportamiento desfachatado, que raya en la aristocracia y el desprecio por las personas. El hippie, por el contrario, es aquel trabajador extranjero que habla no sólo de los grandes ideales de su organización, sino que fuera de eso se la pasa hablando bobadas sobre el capitalismo y el “sistema”, odia al funcionario venido a más y piensa, desde luego, que sus acciones altruistas están salvando al mundo. El hippie, como corresponde, es más próximo a las ONG; el funcionario venido a más, cuestión de salarios, es más próximo a los organismos internacionales. En el medio existe todo un continuum donde nos ubicamos el resto de los mortales, con porcentajes variables de la hijueputez de ambos.
El funcionario venido a más es un cínico. Puede hablar encantado en los seminarios (o worshops que llaman) de la justicia social y del compromiso de su institución con el gobierno o con metas más nobles como los MDG (el funcionario venido a más es un maestro en el uso de las siglas y maneja con soltura miles de ellas) y, al regresar a su oficina, tratar como un culo a su conductor, secretaria o asistente; en un día de malas pulgas a los tres. Aquí en Angola conozco varios de estos funcionarios venidos a más (FVM) y he tenido que trabajar con otros tantos.
Un detalle, por ejemplo, que me molesta mucho de algunos de ellos es su resistencia a hablar portugués. Si uno sigue las reglas, el portugués no es una lengua oficial de las Naciones Unidas. Pero, ¿cómo es posible que personas que llevan tres o cuatro años en este país hablen de compromiso y no sean capaces de sostener una reunión en portugués ante un auditorio de angolanos? Mi jefe es un ejemplo perfecto. En mi oficina, los viernes hay a veces unos desayunos (staff meeting) para todo el personal. Ella habla varios idiomas, lleva viviendo en este país tres años y medio, y habla en inglés durante todo el desayuno, a pesar de que la mayoría de empleados no entienden un carajo. Cuando intenta hablar en portugués balbucea tres estupideces y termina pidiéndole a alguien que le traduzca lo que está diciendo. Y como ella hay muchos.
Otra perla del compromiso y alto sentido humanitario que se maneja en mi oficina (donde debo decir que tenemos dos FVM típicos), le tocó vivirlo a la señora del aseo. Ella estaba reemplazando a su hermana que estaba de licencia de maternidad y tuvo un problema con su contrato (no le pagaban hacía dos meses). Cuando le pregunté por cuánto tiempo estaba su contrato, me dijo que ella no sabía porque estaba en inglés y cuando ella preguntó qué contenía le dijeron algo así como, “eso firme que el contrato está bien”.
El descaro y la contradicción entre las nobles metas y el comportamiento de los FVM, no sólo son exclusivos de mi organización. Conozco casos en Naciones Unidas de mal trato con los empleados, de explotación laboral… ¿Cómo es que estos personajes terminan trabajando donde trabajan? Existen varios problemas: yo creo que los mecanismos de control interno, aunque existen, no funcionan correctamente. Creo también que hay problemas de selección de personal, porque muchos organismos tienen salarios y beneficios laborales muy atractivos con unos estándares de calidad del recurso humano pésimos. Es ese contexto el que posibilita la aparición de los FVM. Pero esto merece un estudio más detallado. Por ahora, vayamos al hippie.
Si el FVM es un cínico, el hippie es alguien que se engaña a sí mismo y se olvida que se engañó. El FVM, como dije, es alguien que habla en público de ideales elevados que contradice con su comportamiento. Pero, por lo menos, no se engaña con respecto a sus intereses: está dispuesto a hacer lo que sea por subir en el escalafón, ganar más plata, tener más poder y vivir su vida de seudo diplomático con todos los lujos y todos los juguetes. El hippie cree en esos mismos ideales pero se presenta a sí mismo como si no tuviera intereses egoístas. Lo de él es puro altruismo. Conocí uno divino que me dijo, hablando muy seriamente, que había venido a África porque cuando comenzó a estudiar la realidad africana en su universidad, se dio cuenta que los europeos habían puteado este continente. Inmediatamente sintió que era una cuestión ética venir a África y ayudar a su gente. Conceptualmente me fue muy difícil entender esa conversación porque, como buen hippie, hablaba también de nuevas formas de colonialismo como los derechos humanos y el desarrollo. ¿Qué hacía entonces aquí? Con los hippies nunca se sabe. Pero yo he aprendido a leerles el alma.
Lo que de verdad mueve el hippie es el ahorro y el prestigio. Ahorro para hacer sus viajes de turismo heroico y prestigio por trabajar en la reducción del hambre y la niñez desamparada, en sitios difíciles y bajo condiciones imposibles. Porque no nos digamos mentiras: ¡qué berracos tan tacaños y tan conchudos! Un hippie puede viajar por toda África con cantidades de dinero reducidísimas. ¿Cómo lo logran? Quedándose en hostales multitudinarios asquerosos, abusando de la hospitalidad de amigos y conocidos, haciendo auto-stop, comiendo mal, en fin. “¡Uy, pero cómo conoces de países!”. Claro, como no, ahorrando cada centavo del salario que reciben por salvar el mundo. Al hippie también se le olvida una cuestión clave: que mientras más vende la imagen de la pobreza y de las necesidades, más dinero le entra a su organización para hacer talleres inútiles sobre igualdad de género y desarrollo sostenible.
Mi esposa y yo tuvimos dos encuentros cercanos con este espécimen y quedamos agotados. Uno de los encuentros tuvo por protagonista una suiza hedionda que tenía bigote, y que había venido a Angola a hacer una pasantía después de terminar la universidad. La conocimos en la pensión a la que llegamos el primer día. Al segundo día ella se fue para Menongue, otra ciudad de Angola. Para no alargar el cuento, a la pobre bigotuda le fue muy mal en Menongue y se fue para Huambo, otra ciudad de Angola donde también le fue mal (las malas lenguas decían que se había comido toda la nevera de la ONG donde se estaba quedando y la echaron a la calle). Llamó a nuestra jefe –era pasante de nuestra organización- y le dijo que se iba a devolver a Luanda y que se iba a quedar el resto del tiempo que le quedaba en Angola (tres meses) en nuestra casa. Cuando nuestra jefe nos contó quedamos fríos. Nos tocó llamarla y decirle que pues… hombre, no, primero tiene que pedir permiso y segundo, tres meses es demasiado. “Es que yo pensé que de pronto”.
Sin embargo, no pude ser lo suficientemente frío y el hippie que llevo adentro me hizo decirle que se podía quedar un par de días mientras resolvía su situación. Se quedó una semana, nos contaminó con su retórica hueca sobre lo inconveniente del capitalismo y la necesidad de adoptar el modelo sueco, trajo al novio a nuestra casa, se explayó en el sofá a ver televisión mientras Catalina y yo la mirábamos con rabia desde una silla incomodísima y, cuando se fue para Namibia, dejó en nuestra casa una maleta y una bolsa plástica o chuspa llena de calzones. Luego nos importunó por correo electrónico durante casi un mes para que le mandáramos la maleta y los calzones a Namibia. Cosa que no hicimos porque cuando se enteró de lo que costaba quedó quieta y, después de muchas vueltas, terminó diciéndonos que regaláramos sus cosas a la gente “pobre y vulnerable”. No miento, esa fue la expresión que utilizó.
Estas mismas personas son las que dicen orgullosas que viajaron tres meses con mil dólares y que en el trabajo se gastaban sólo 500 dólares al mes. Pero ya ven como es la táctica: tienen una red social inmensa (llaman amigo a cualquier gato que conocen en los caminos de sus múltiples peregrinaciones) de la que abusan, como se dice aquí, à vontade. Porque ellos piensan: si todos somos amigos y pertenecemos a esta comunidad de gente interesada en conocer y salvar el mundo, ¿por qué no puedo vivir gratis en una ONG o en la casa de este o aquel “amigo” que tiene un cuarto extra? Se engañan en creer que lo de ellos es buena onda: lo de ellos tiene un nombre: ahorro y tacañería. Como me decía Guillermo, mí querido amigo venezolano con un historial curtido en invasiones hippies, ellos hacen siempre cuentas alegres porque no se gastaron 1000 dólares, se gastaron mucho más: la alimentación que les ofreció la persona en donde se quedaron un mes sin aportar un peso, la electricidad, el agua, etcétera, etcétera. Y hay otra cosa: siempre les sale uno a deber.
Yo no sé cuál es peor, si el FVM con sus ínfulas nobiliarias, el mal trato a la gente y el descaro de decir en los eventos que lo importante es salvar vidas; o, el hippie que se tragó el cuento de que está salvando vidas, con su racionalidad de ahorro programado disfrazada de altruismo y echándole la culpa al sistema.
El funcionario venido a más es un cínico. Puede hablar encantado en los seminarios (o worshops que llaman) de la justicia social y del compromiso de su institución con el gobierno o con metas más nobles como los MDG (el funcionario venido a más es un maestro en el uso de las siglas y maneja con soltura miles de ellas) y, al regresar a su oficina, tratar como un culo a su conductor, secretaria o asistente; en un día de malas pulgas a los tres. Aquí en Angola conozco varios de estos funcionarios venidos a más (FVM) y he tenido que trabajar con otros tantos.
Un detalle, por ejemplo, que me molesta mucho de algunos de ellos es su resistencia a hablar portugués. Si uno sigue las reglas, el portugués no es una lengua oficial de las Naciones Unidas. Pero, ¿cómo es posible que personas que llevan tres o cuatro años en este país hablen de compromiso y no sean capaces de sostener una reunión en portugués ante un auditorio de angolanos? Mi jefe es un ejemplo perfecto. En mi oficina, los viernes hay a veces unos desayunos (staff meeting) para todo el personal. Ella habla varios idiomas, lleva viviendo en este país tres años y medio, y habla en inglés durante todo el desayuno, a pesar de que la mayoría de empleados no entienden un carajo. Cuando intenta hablar en portugués balbucea tres estupideces y termina pidiéndole a alguien que le traduzca lo que está diciendo. Y como ella hay muchos.
Otra perla del compromiso y alto sentido humanitario que se maneja en mi oficina (donde debo decir que tenemos dos FVM típicos), le tocó vivirlo a la señora del aseo. Ella estaba reemplazando a su hermana que estaba de licencia de maternidad y tuvo un problema con su contrato (no le pagaban hacía dos meses). Cuando le pregunté por cuánto tiempo estaba su contrato, me dijo que ella no sabía porque estaba en inglés y cuando ella preguntó qué contenía le dijeron algo así como, “eso firme que el contrato está bien”.
El descaro y la contradicción entre las nobles metas y el comportamiento de los FVM, no sólo son exclusivos de mi organización. Conozco casos en Naciones Unidas de mal trato con los empleados, de explotación laboral… ¿Cómo es que estos personajes terminan trabajando donde trabajan? Existen varios problemas: yo creo que los mecanismos de control interno, aunque existen, no funcionan correctamente. Creo también que hay problemas de selección de personal, porque muchos organismos tienen salarios y beneficios laborales muy atractivos con unos estándares de calidad del recurso humano pésimos. Es ese contexto el que posibilita la aparición de los FVM. Pero esto merece un estudio más detallado. Por ahora, vayamos al hippie.
Si el FVM es un cínico, el hippie es alguien que se engaña a sí mismo y se olvida que se engañó. El FVM, como dije, es alguien que habla en público de ideales elevados que contradice con su comportamiento. Pero, por lo menos, no se engaña con respecto a sus intereses: está dispuesto a hacer lo que sea por subir en el escalafón, ganar más plata, tener más poder y vivir su vida de seudo diplomático con todos los lujos y todos los juguetes. El hippie cree en esos mismos ideales pero se presenta a sí mismo como si no tuviera intereses egoístas. Lo de él es puro altruismo. Conocí uno divino que me dijo, hablando muy seriamente, que había venido a África porque cuando comenzó a estudiar la realidad africana en su universidad, se dio cuenta que los europeos habían puteado este continente. Inmediatamente sintió que era una cuestión ética venir a África y ayudar a su gente. Conceptualmente me fue muy difícil entender esa conversación porque, como buen hippie, hablaba también de nuevas formas de colonialismo como los derechos humanos y el desarrollo. ¿Qué hacía entonces aquí? Con los hippies nunca se sabe. Pero yo he aprendido a leerles el alma.
Lo que de verdad mueve el hippie es el ahorro y el prestigio. Ahorro para hacer sus viajes de turismo heroico y prestigio por trabajar en la reducción del hambre y la niñez desamparada, en sitios difíciles y bajo condiciones imposibles. Porque no nos digamos mentiras: ¡qué berracos tan tacaños y tan conchudos! Un hippie puede viajar por toda África con cantidades de dinero reducidísimas. ¿Cómo lo logran? Quedándose en hostales multitudinarios asquerosos, abusando de la hospitalidad de amigos y conocidos, haciendo auto-stop, comiendo mal, en fin. “¡Uy, pero cómo conoces de países!”. Claro, como no, ahorrando cada centavo del salario que reciben por salvar el mundo. Al hippie también se le olvida una cuestión clave: que mientras más vende la imagen de la pobreza y de las necesidades, más dinero le entra a su organización para hacer talleres inútiles sobre igualdad de género y desarrollo sostenible.
Mi esposa y yo tuvimos dos encuentros cercanos con este espécimen y quedamos agotados. Uno de los encuentros tuvo por protagonista una suiza hedionda que tenía bigote, y que había venido a Angola a hacer una pasantía después de terminar la universidad. La conocimos en la pensión a la que llegamos el primer día. Al segundo día ella se fue para Menongue, otra ciudad de Angola. Para no alargar el cuento, a la pobre bigotuda le fue muy mal en Menongue y se fue para Huambo, otra ciudad de Angola donde también le fue mal (las malas lenguas decían que se había comido toda la nevera de la ONG donde se estaba quedando y la echaron a la calle). Llamó a nuestra jefe –era pasante de nuestra organización- y le dijo que se iba a devolver a Luanda y que se iba a quedar el resto del tiempo que le quedaba en Angola (tres meses) en nuestra casa. Cuando nuestra jefe nos contó quedamos fríos. Nos tocó llamarla y decirle que pues… hombre, no, primero tiene que pedir permiso y segundo, tres meses es demasiado. “Es que yo pensé que de pronto”.
Sin embargo, no pude ser lo suficientemente frío y el hippie que llevo adentro me hizo decirle que se podía quedar un par de días mientras resolvía su situación. Se quedó una semana, nos contaminó con su retórica hueca sobre lo inconveniente del capitalismo y la necesidad de adoptar el modelo sueco, trajo al novio a nuestra casa, se explayó en el sofá a ver televisión mientras Catalina y yo la mirábamos con rabia desde una silla incomodísima y, cuando se fue para Namibia, dejó en nuestra casa una maleta y una bolsa plástica o chuspa llena de calzones. Luego nos importunó por correo electrónico durante casi un mes para que le mandáramos la maleta y los calzones a Namibia. Cosa que no hicimos porque cuando se enteró de lo que costaba quedó quieta y, después de muchas vueltas, terminó diciéndonos que regaláramos sus cosas a la gente “pobre y vulnerable”. No miento, esa fue la expresión que utilizó.
Estas mismas personas son las que dicen orgullosas que viajaron tres meses con mil dólares y que en el trabajo se gastaban sólo 500 dólares al mes. Pero ya ven como es la táctica: tienen una red social inmensa (llaman amigo a cualquier gato que conocen en los caminos de sus múltiples peregrinaciones) de la que abusan, como se dice aquí, à vontade. Porque ellos piensan: si todos somos amigos y pertenecemos a esta comunidad de gente interesada en conocer y salvar el mundo, ¿por qué no puedo vivir gratis en una ONG o en la casa de este o aquel “amigo” que tiene un cuarto extra? Se engañan en creer que lo de ellos es buena onda: lo de ellos tiene un nombre: ahorro y tacañería. Como me decía Guillermo, mí querido amigo venezolano con un historial curtido en invasiones hippies, ellos hacen siempre cuentas alegres porque no se gastaron 1000 dólares, se gastaron mucho más: la alimentación que les ofreció la persona en donde se quedaron un mes sin aportar un peso, la electricidad, el agua, etcétera, etcétera. Y hay otra cosa: siempre les sale uno a deber.
Yo no sé cuál es peor, si el FVM con sus ínfulas nobiliarias, el mal trato a la gente y el descaro de decir en los eventos que lo importante es salvar vidas; o, el hippie que se tragó el cuento de que está salvando vidas, con su racionalidad de ahorro programado disfrazada de altruismo y echándole la culpa al sistema.
Esta muy bueno y muy bien escrito. Te estás convirtiendo en otro estereotipo del cual no se el nombre pero es del tipo Daniel Samper Junior !!!
ResponderEliminar¡Hey Ceci!,
ResponderEliminarGracias por el comentario. La verdad no sé si me estoy convirtiendo en ese estereotipo que tu mencionas: espero que no porque la verdad Daniel Samper Junior no me gusta mucho. Él escribe siempre sobre situaciones imaginarias ("soñé que Uribe era mi papá y eso fue para risas...") que contienen chistes flojos sobre las costumbres de la clase media colombiana o los clichés de la política.
Yo quería, simplemente, contar cosas que he visto y que me molestan mucho de algunas personas que trabajan en la cooperación internacional. Para ello caricaturicé la cosa. De pronto por eso te sonó a DSJ.
Porque, de verdad, es increíble las cosas que uno alcanza a ver en instituciones que supuestamente son humanitarias o en personajes que supuestamente son movidos por el altruismo.
Mmm. Con el riesgo de ser impopular en el blog de Francisco debo decir que su estilo esta mas proximo al de Hector Rincón! lo han leido?
ResponderEliminarPero si, está bueno!!!