viernes, 30 de enero de 2009

África y el romanticismo de postal

Algo bien molesto de ciertas personas que vienen al África es su búsqueda de lo típico o de lo verdaderamente tradicional. He conocido varias personas extranjeras que me han dicho que tengo que viajar a otros países del África o a otras regiones de Angola, porque Luanda, dicen, no es África. Creen que como es una ciudad muy cara, caótica (em Luanda muita confusão, dicen los mismos angolanos), llena de extranjeros, llena de compañías petroleras y llena de billete, no es África, no puede ser África. Para ellos -lo intuyo por los contra ejemplos que ponen- las ciudades africanas tienen que ser pequeñas, pobres hasta el cansancio, con gente que se viste con telas vistosas multi colores, sin carros costosos, sin tráfico, sin tanta gente, sin tanta confusão, con restaurantes baratísimos, arriendos económicos, etc, etc.

Parece que les aterra la idea de una ciudad que, gracias al petróleo, está entrando en la globalización. No pueden con la imagen de una tienda Hugo Boss en la rua Comandante Cheguevara (la tienda no queda en esa calle, pero esa calle sí existe y sí hay una tienda Hugo Boss).

Con esto no quiero decir que Luanda sea una maravilla porque tiene almacenes caros y carros lujosos. Quiero decir, más bien, que la búsqueda de lo típico, de lo que representa verdaderamente a África, es una idea romántica y, en últimas, tonta. Porque África también es esto: confusâo, tráfico, grupos de hip-hop (aquí hay uno buenísimo que se llama Afroman). No siempre, no necesariamente, hay que esperar tambores y bailes erótico-extáticos.


viernes, 16 de enero de 2009

Los edificios y la búsqueda de apartamento (II)

Cuando me mostraron el segundo apartamento me di cuenta que comparar Luanda con los barrios marginales de Bogotá es inútil. El apartamento queda, según nos enteramos después, en uno de los mejores sitios de Luanda. La entrada del edificio y las escaleras, como decía en el otro post, tienen basura. El apartamento tiene dos cuartos, una cocina con huecos en el piso, salacomedor y le faltan algunas ventanas. El dueño nos dijo que por ser nosotros conocidos nos iba a hacer una oferta especial: 3.000 dólares. A veces he pensado que los precios de esta ciudad son culpa de una conspiración de los angolanos para estafar a los extranjeros. Uno no lo puede creer: paga más que en Tokio por el mismo espacio, pero está en el culo del mundo.

Cuando volvimos a la casa pensión después de ver el apartamento, y habiendo estado hace pocos días visitando la porquería de casa que nos mostraron, comenzamos a sentirnos en un barrio y una casa lujosísimos. Y es que no es que a uno le pidan mucha plata por una casa como en Ciudad Bolívar. No es que aquí sea que lo que es marginal en Bogotá o en cualquier otro sitio es lo que corresponde en Luanda al lujo. No. Aquí es otra cosa.

Una semana después de ver esos dos sitios fuimos el sábado a ver un apartamento y el domingo otro. El contacto era un conocido del conductor que a su vez tenía otro conocido, que a su vez conocía a alguien que estaba arrendando un apartamento. El penúltimo eslabón, para que nos pudiera mostrar el apartamento, nos pidió mil kuanzas (algo más de 10 dólares) que porque estaba de aniversario y lo íbamos a sacar de su festa. Al final, al otro eslabón, que me pidió 100 dólares de regalo de cumpleaños para su amigo, también le tuvimos que dar 1.000 kuanzas que porque él también estaba en la festa y que aquí los business eran así. El apartamento (un cuarto, salacomedor y una cocina deteriorada; 50 metros cuadrados aproximadamente) estaba un poco más descente que los anteriores y, por lo menos, no tenía basura en las escaleras. ¿Cuánto? 2.000 dólares sim mobilia y 2.500 dólares con mobilia.

El apartamento que vimos el domingo queda en la terraza de un edificio. En la terraza de un edificio quiere decir que se apropiaron de ese espacio y lo cercaron. Una de las paredes no era una pared propiamente dicha sino unas tablas de, háganse de cuenta, triplex. No tiene cocina y no tiene agua. El "dueño" del apartamento, un mestizo que se ve que hace pesas todo el día (había un aparato en la terraza), tenía una pistola sobre la cama y un libro sobre la vida y obra de Savimbi, el máximo líder de UNITA fallecido en el 2002. ¡Que susto! El tipo nos dijo que nos cobraba 1.000 dólares sim mobilia y 1.500 con mobilia. Que nos conectaba el agua y que nos arreglaba la "pared". Que el sitio era muy seguro porque queda cerca de la embajada de los Estados Unidos y que tiene unos vecinos muy distinguidos: nombró a su hermano que vive al otro lado de la terraza y, en el apartamento de abajo, un señor que hace tatuajes. No lo quisimos conocer.

La semaman pasada vimos otros apartamentos: una casa inhabitable, un apartamento minúsculo por el cual nos pedían 2.000 dólares y un par de apartamentos, los mejores que hemos visto hasta ahora, en muy buenas condiciones.

Algo bien simpático de toda esta búsqueda es conocer angolanos. Hablan hasta por los codos, son muy graciosos y están viendo a ver como le sacan a uno plata (esto último no es gracioso). Como Catalina trabaja en el día, yo he salido un par de veces con amigos del conductor a ver apartamentos. La última vez -el miércoles, me parece- monte inclusive en candongueiro (los angolanos les llaman taxis), que son unas camionetas azules destartaladas parecidas a los típicos Volkswagen de gringo hippie. Por su puesto, en ese tipo de transporte no montan los extranjeros. La gente se monta y es muy común que sin conocerse, se arme una polémica acalorada sobre política o sobre cualquier tema de actualidad. Alegan y alegan y alegan.

Y claro, vive uno también la cadena de intermediarios que se arma para ver un apartamento. Ese día del candongueiro nos bajamos en un sitio donde mi contacto se encontró con un conocido. Ese conocido llamó a otro conocido, que nos dijo que sí que tenía un apartamento para ver en yo no sé dónde. Todo ese trámite duro unos 45 minutos. Mientras tanto, discutían -en lo que alcancé a entender- yo de quién era cliente y cuál de ellos era realmente el contacto del apartamento. La cosa, claro, versa al final sobre propinas. Luego fuimos a ver la casa -otro candongueiro obviamente pagado por mí. Después de ver la casa el contacto de mi contacto se encontró con otros dos tipos que le dijeron que tenían otros dos apartamentos para ver. Al lado de uno de esos, me decían, vive un portugués y que eso estaba bon porque él también es blanco.

Finalmente, uno de los dos llamó a la mamá (me enteré después), caminamos un rato y la esperamos en una acera. Cuando llegó el carro, a esa altura éramos 5 personas. La dueña del carro dijo que sólo montaba 2, aparte de su hijo. Nos montamos, pues, mi contacto original, el hijo de la señora (un contacto como en 4to grado) y se quedó, aburrido y alegando, el contacto original de mi contacto. La señora era una funcionaria del gobierno que cuando se enteró que yo era colombiano, me dijo: Ah, Colombia, muita cocaína, Pablo Escobar. Muita, Senhora, muita, le respondí con cierto orgullo. Después, la señora reogió a una amiga, que era la dueño del apartamento.



lunes, 12 de enero de 2009

Los edificios y la búsqueda de apartamento (I)

La ciudad está llena de edificios -cuando pueda cuelgo la foto- caídos. Al principio es impresionante. Se nota que hace varias décadas no los pintan. Como me dijo el conductor de la organización de mi esposa, "durante la guerra se dejó de construir". "Se nota", le contesté. Sin embargo, para donde uno mire, hay construcciones. Durante los últimos años, debido a los precios del petróleo, Angola ha crecido a un ritmo impresionante. El promedio anual ha sido superior al 10%.

Pero los edificios típicos de Luanda se ve que no les meten la mano. El estilo arquitectónico es muy sencillo: edificios de 5 o 6 pisos, con las líneas rectas que las ventanas le aportan a las fachadas. Los aire acondicionados salidos de cada apartamento también aportan su cuota a cada fachada. Por atrás, tienen como una especie de balcones donde la gente cuelga la ropa. Las entradas son muy sucias y, como me di cuenta cuando los comencé a visitar en búsqueda de apartamento, basura a lo largo de las escaleras. Todos tienen la puerta del ascensor acabada y el ascensor en otra época, porque a los que he entrado no les sirve. Hay grafitis por las paredes. "Durante a guerra tempos muito dificiles", me decía la otra vez el conductor.

En el 92, cuando se rompieron los acuerdos de paz, esta ciudad fue uno de los escenarios de la confontación entre el MPL y UNITA, los dos bandos principales del conflicto. Todavía, sobre todo en el centro, pueden apreciarse algunas ruinas.

Al lado, pues, de esos edificios, se encuentran muchas veces tugurios o casas hechizas con mucha basura al frente. Esto de la basura me ha llamado mucho la atención, sobre todo, porque la ciudad tiene malos olores por todas partes.

Me gustaría saber si la simplicidad de los edificios "viejos" es un estilo influido por el comunismo (el partido que ha gobernado este país era de esa tendencia) o es un asunto de los portugueses. Los primeros días los edificios me reforzaron mi referencia hollywodense. Después los comencé a ver bonitos: si los pintan y los limpian podrían darle a la ciudad una apariencia muy agradable.

En el centro de la ciudad, donde puede verse la bahía, hay contrastes de otro tipo. Al lado de los edificios de marras, hay construcciones portuguesas -como el Banco Nacional de Angola- hermosas. También hay edificios nuevos (más bien feos: imponentes con vidrios polarizados) de petroleras y compañías extranjeras. Es una lástima que rompan el estilo de una forma tan abrupta.

En todo caso los contrastes son una locura. Más si se tiene en cuenta los precios de los apartamentos y de las casas. La primera casa que visité queda en La Ilha, que es una especie de isla al frente del centro de la ciudad, donde quedan las playas, los bares y los restaurantes. La entrada de la casa olía realmente mal. Tenía basura en la entrada. Oscura. Al lado, casas locales hechas en adobe. La calle sobre la que se ubica, destapada. El interior de la casa completamente sucio. ¿Cuánto? US$ 2.000. ¡¡Dos-mil-do-la-res!! Dicen que como no hay oferta de vivienda y hay mucha inversión extranjera, los locales están cobrando lo que se les da la gana. Bendita competencia. No hay nada mas sano que la competencia, pensé.

Primeras impresiones

Las primeras impresiones de Luanda fueron terribles, durísimas. Llegamos desde Sur África el domingo 4 de enero a las 8 de la noche. Uno se baja del avión, pasa a inmigración y le toca esperar dos horas. Por supuesto, no hay filas organizadas sino un tumulto de gente apretujada en un espacio sin aire acondicionado. El olor a humano es asfixiante. Luego vienen las maletas. Desde que recogimos las maletas, la gente se nos acercaba, las agarraba y yo medio entendía que decían que nos pasaban de primeros en la fila. "No falo portugués", repetía, y volvía a raparles nuestras maletas. La gente aquí pide plata por todo. Luego sale uno a la calle y ve que a todos los blancos que venían en el vuelo, los recogen en sendas camionetas manejadas por negros. El que nos iba a recoger a nosotros no aparecía y estábamos en un corral de barandas en la salida de los vuelos internacionales, con gente en pantaloneta y chanclas mirando. No se veían taxis por ningún lado. With my bad english, me le acerqué a una extranjera y le pregunté por los taxis y por un posible hotel para pasar la noche. "No, aquí no hay taxis y las personas que se ofrecen a llevarlo lo pueden atracar. ¿Tampoco tienen reserva en un hotel? ¿Están locos?" "No, no tenemos, estamos esperando que nos recojan y nos lleven a una residencia que supuestamente nos tenían reservada". "La única opción que yo les recomiendo es que alquilen un carro, de otro modo es peligroso", insistía ella.

Estábamos en esas, cagados del susto, cuando Catalina me dice que ya vio al man con la cachucha de la organización. !!!Uff!!!, que bueno, le contesté. Nos ayudó con las maletas. A mí se me acercaba la gente y me pedían euros. Uno se acercaba mucho y me decía que tenía hambre mientras se sobaba el estómago.

Mirando la ciudad desde la camioneta, comencé a sentirme en diamantes de sangre -esa sensación me duró como tres días. Al lado de carros increíbles, acabados de salir del concesionario, empieza uno a ver otros -literalmente- vueltos mierda. Y claro, comienza a ver edificios acabados y mugre, mucha mugre y mucha basura por las calles. Y malos olores. Como los de la entrada de la casa a la que llegamos.

La casa a la que llegamos queda en un segundo piso de una casa más grande. Sacaron un apartamento, como se dice en los barrios populares de Bogotá. Apenas entramos nos miramos aterrados: ¿Donde estamos? ¿Esto cuesta US$ 200 el día? Y comenzamos a comparar: estamos en una casa lujosísima en Ciudad Bolívar. Lujosísima, pero como en Ciudad Bolívar. Las ganas de comparar no se nos han ido como se nos fue la sensación de diamantes de sangre. Creo que es inevitable: asimilar algo desconocido a partir de lo conocido.

La primera noche estábamos tan cansados después de viajar tres días, que caímos fundidos. Catalina se fue a trabajar al otro día y yo me quedé leyendo en la casa, sin salir a la esquina. La verdad, la experiencia del aeropuerto me dejó con miedo. Catalina también ayudó un poco: "es que tú pareces europeo y por eso te pedían euros". También me acordé de lo que había leído en internet antes de venir: si sale hágalo en carro, no salga solo. Me quedé, pues, alimentando mi miedo y leyendo un libro que compré por amazon de un periodista gringo que cubrió desde principios de los 80 el conflicto angolano. Un verdadero desastre.